
Ángel García Colín se ha ido sin perder el buen humor. Quienes acaben de asociar en este momento su nombre con su recuerdo, por haberlo conocido, imaginarán en primer lugar su calva tempranera y su sonrisa frecuente, y después su conversación llena de chistes y chascarrillos. Los repetía a menudo, pero no por ello dejaban de ser graciosos.