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Los venezolanos viven con temor y en silencio un nuevo país sin Maduro

La mañana después del ataque del 3 de enero, Venezuela despertó en silencio. No hubo gritos ni banderas ni celebraciones en las calles. Los teléfonos y las redes echaron humo, pero se corrieron las cortinas y los pocos que salieron a la calle se cruzaron miradas atónitas sin decir nada. El país amaneció conteniendo la respiración: a la espera, como tantas otras veces. En supermercados y gasolineras, la gente hablaba poco y compraba rápido. Algunos celebraron a escondidas que agentes estadounidenses detuvieran a Nicolás Maduro, brindaron en voz baja, mandaron audios que borraron enseguida. Pero la euforia duró poco. Bastaron unas horas para entender que quizá no había nada que celebrar. Y el miedo volvió. Quizá con más fuerza. Y un silencio espeso inundó las casas, cortó conversaciones y dejó llamadas sin responder. Temen hablar por teléfono, incluso en la intimidad de sus casas —“nos tienen a todos pinchados”— y hasta al otro lado de la frontera. “Está muy difícil. Dices algo y te llevan preso”, advierte un venezolano que cruza cada día la frontera con la ciudad colombiana de Cúcuta para trabajar.

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